La historia del aviador peruano que colaboró con Argentina en la guerra de Malvinas

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Cuando el joven Aurelio de 16 años ingresó a la escuela de oficiales nunca se imaginó todo lo que viviría en los próximos 35 años que haría de carrera: «Me presenté a la Fuerza Aérea con cinco compañeros míos que querían ingresar y ellos me empujaron a mí, así que nos presentamos los seis. Cosa del destino, yo fui el único que ingresó.» En ese momento, no tenía conocimientos pero se adaptó bastante rápido volando aviones desde el primer mes, y al finalizar sus estudios recibió el incentivo «Ala de Oro», un reconocimiento para los mejores pilotos de su promoción.

«Fui amando mi carrera poco a poco, adquiriendo un cariño que nosotros le llamamos el espíritu de cuerpo. Hay que crear confianza primero y cuando uno conoce su situación y la de la institución, la llega a amar compenetrandose de tal manera que puede dar su vida por la causa», comenta Aurelio recordando los mejores tiempos de su carrera y cita al Gran General del Aire del Perú José Quiñones: “‘El aviador llegado el momento debe ir hasta el sacrificio’, esa es una idea que nos van inculcando poco a poco y nosotros la vamos recibiendo hasta que la hacemos nuestra.»

Hoy retirado de sus oficios reflexiona sobre los momentos más difíciles que le ha tocado vivir con mucha esperanza porque sabe que hoy son su fortaleza. «La experiencia que más me marcó fue la primera vez que estuve listo para actuar, después ya pude adquirir mayor experiencia y estar más tranquilo y confiado de lo que uno es capaz de hacer. Me ha tocado ver varios pilotos en esa misma situación, es muy difícil porque los seres humanos somos muy nerviosos», dice. 

Del desierto de Arequipa a la Patagonia Argentina

A mediados de 1982, el entonces Mayor Crovetto, jefe del escuadrón Mirage-5P, se encontraba en alerta en la base de La Joya al sur del Perú, cuando fue trasladado junto a otros dos oficiales en una operación montada en secreto. «Fui trasladado a Buenos Aires y cuando desperté estaba en Comodoro Rivadavia. Los tres nos trasladamos con un encargo, ser observadores, mediante un acuerdo entre ambos países, nosotros brindamos el apoyo y el requerimiento de la Fuerza Aérea Peruana era estar presentes en todos los acontecimientos. Pudimos observar todo, no nos negaron acceso a nada». Durante los meses que estuvo presente, los tres pilotos pudieron ver en vivo y en directo todo lo ocurrido, tanto la parte administrativa como la parte operativa, el área de personal, el área de inteligencia, el área de material, el área de operaciones y el área de defensa aérea. «Toda esa información final la volcamos en un documento que está en la Fuerza Aérea de Perú y es más fiel incluso que la historia escrita», asegura Aurelio, que en esos tiempos fue consultado y solicitado por el jefe de Guerra, Brigadier Crespo, como especializado en esa materia para participar en las unidades que estaban en el conflicto. «Viajé y estuve en Puerto San Julián, en Comodoro Rivadavia y en Río Gallegos, dónde pude hacer contacto directo con los pilotos para intercambiar información y aplicar cuestiones teóricas a la práctica y les fue muy bien. Soy un admirador de los pilotos de esa época porque con tan poco hicieron mucho.»

La historia nos ha demostrado que tanto de Argentina como Perú, compartimos situaciones muy similares: guerras internas y externas que les permitieron ser aliados y acompañarse en momentos claves. «La situación del personal y material en Argentina en ese momento era muy similar a la situación que nosotros teníamos en el Perú y el accionar era muy similar», reflexiona Aurelio. 

«Doy gracias a mi carrera porque he viajado, he conocido medio mundo, por los grados y puestos que he tenido, pero si he dejado a mi familia de lado.»

Estar separados de la familia es un sacrificio que quiénes eligen una carrera militar deben hacer y es algo que muy pocos están dispuestos. Este es uno de los motivos principales junto al económico, con sueldos muy bajos, por lo que los jóvenes no se motivan a ingresar en las Fuerzas Armadas. «Me ha tocado estar mucho tiempo separado, las operaciones mientras estaba en instrucción hicieron que saliera 6 de la mañana y volviera a las 8 de la noche, el día que regresaba. No todo es bonito. Doy gracias a mi carrera que he conocido medio mundo, por los grados y puestos que he tenido, pero si he dejado a mi familia de lado. Las familias se ven obligadas a separarse y ese esfuerzo no es tomado en cuenta.»

Hoy retirado de sus oficios, recuerda el frío viento del sur Argentino desde su casa en las afueras de Lima, compartiendo con sus hijos, cuidando a sus nietos y junto a su esposa les cuentan hazañas que recuperan el tiempo perdido.